Cuando se fue su alma quedo vacía y una vez más pensó que quizá debió haber hecho más. Mientras caminaba pensaba en cual podría ser un buen final. Llegó a la estación de buses y se sentó al lado de un cigarro encendido ¿el humo siempre tiende a espiral sabias? Cada vez que inhalaba más ganas le daban de beber, y beber más, y quiso que la golpearan tan fuerte, quiso que le arrancaran hasta el último diente y que un hombre con el falo podrido la violara brutalmente hasta hacerla sangrar.
Llegó el bus y camino hasta un asiento con olor a vomito, no le importo, se sentó, y recordó la vez en que después de ser feliz toda la noche, o todo el fin de semana, exilio toda esa mentira de su cuerpo y tuvo que volver a ver lo enfermo que estaba el mundo. Cada centímetro más cerca de su casa significaba un pensamiento oculto tan abstracto que ni siquiera se podría reproducir. Se habría fumado hasta el plástico del asiento. Bajo y se dio cuenta que morir monstruosamente atropellada la ayudaría a dividirse en mil sangrientos pedazos. Sí, eso era lo ideal en ese momento, y se quedó parada en la mitad de la calle observando cómo las luces le enceguecían la vista. Una niña pequeña con no más de cuatro años de edad apareció al frente de ella ¡Oye! ¿No te dijo tu mamá qué no tienes que cruzar con luz roja?
Es que quiero que pienses que estoy loca y no te atrevas a investigar si es verdad. Quiero que escapes y hables mal de mí y que cada vez me recuerdes no sientas nada más que un ácido sabor. Así dirás que estás aliviado de haberme abandonado.
Bueno, después de todo lo pase súper bien.
Fría brisa de verano como si fuera de invierno te golpea la cara mientras jugas al metro cuadrado. Con una mujer de pelo hediondo y mal teñido, con un hombre pervertido. No falta la secretaria con perfume pachulí, y el colegial quinceañero que se sonroja al verte a ti. Por alguna parte hay alguien que no se bañó, o unos varios tirando mal olor. Miras hacía el frente y está ese joven casi a punto de besarte, se conectan sus ojos y ambos miran hacía otra parte, está el suelo a sus pies, pero en realidad hay varias cosas que los dos prefieren no ver. Se detiene y todos chocan con todos, y se disculpan los unos a los otros.
Llegaste al paradero y te desplazas con la masa de personas apuradas que se fragmenta dependiendo de cuanto estén atrasadas. Caminas lentamente como si realmente no tuvieras punto de llegada, y él te mira de reojo esperando que quizás vuelva a verte mañana. Desde siempre te ha mirado, pero tú jamás lo has notado. Lo olvidarás en la clase a la que vas, y él te dibujará.
Arrancaste un pedazo de mi y lo separaste de todo lo mio. Pero no te lo llevaste. Y te fuiste, y yo quería que te fueras mientras te quedabas. Quiero que desaparezcas pero esa parte mia que flota alrededor absorbe cada recuerdo tuyo y te atrae algunas noches entre imágenes difusas de lo que fuiste. Eras música que pegaste a mi vida, y que se fue cuando te fuiste. Y yo quería que te fueras. Porque ese trozo mio que canta soñó contigo cuando pensaba que ya no existías; porque te vio golpeando y ahogando. Se calla y sabe que debe callarse, ya que la falta de explicación seguirá ahí rodeándome al igual que el clon que cree para ti y que no dejaste contigo.
Eran pasadas la media noche y no podía dormir. En aquella casa de altos techos la oscuridad sólo le permitía el paso a un ínfimo rayo de luna, que lucía como un fino hilo de plata brillante que descendía de alguna parte de su ventana.
Sentía el frío apoderarse de su cuerpo y se sumergía más y más en ese mar de frazadas que la aislaban del calor que tanto necesitaba.
Se llevó las manos a escasos centímetro de sus ojos, y aún así no pudo verlas, solamente podía sentir su gélido respirar y el tranquilo oscurecer de una noche de verano.
Pensó que quizás debía quedarse así para siempre, con el hielo en sus cabellos, tejiéndose un hermoso vestido plateado de luna para sorprenderlo el día en que volviera por ella.
Se levantó y cogió el hilo que provenía de la esquina en donde se juntaba un marco de madera de pintura descascarada con un sucio y viejo cristal.
Ella sabía que el tiempo la ayudaría, vendría a visitarla y se sentaría a su lado para que pudiera ser la misma cuando regresara, sin albos cabellos ni las marcas de su constante sonrisa de amanecer.
Tú podrías permanecer aquí añorando su llegada, le dijo aquel hombre, esperando y esperando, por el resto de tu vida, pero sabes bien que no dejaré que te marchites aquí.
La miraba sabiendo que no recibiría respuesta, mientras ella tiritaba y se vestía de sombras.
Si supieras que ya no es el mismo, y que está aquí a tu lado para abrigarte. Si tan sólo te convencieras de que no es tu imaginación, podrías sacarte ese dolor.
Y no deberías hacerte un vestido para verte hermosa para él, porque por más que te mira cree que así tal cual ya eres bella, y que vestirte de espejos sólo opacaría tu resplandecer.
Ella seguía repitiendo lo mismo, cantándole a su almohada de vez en cuando a la espera de verlo entrar.
Sólo tienes que querer que llegue el día, sólo tienes que pedírmelo, y te juro que te daré el abrazo que tanto necesitas.
Sonó la aguda voz que decía que él lo había prometido, y que ella se quedaría allí sentada hasta sentir su cálido aliento entrar.
Se abrió de golpe la puerta de la habitación, una mujer mayor entró con una vela y recogió entre sus brazos un glacial cuerpo mientras gritaba de dolor.
Una lágrima caería en su pecho desnudo y recorrería su vientre mientras otra caía. Sus labios beberían el dolor esparcido en cada parte de su cuerpo cuando sus manos rozaran cada curva para imprimirla en su memoria.
Ese par de húmedos cristales reflejarían dicho momento que jamás se repetiría. Y sus gélidos dedos se deslizarían por su cálida espalda en un contraste que uniría sus almas para escuchar su sincronizada respiración tan cerca de ser uno sólo.
Embotellaría su olor para no olvidarlo jamás, para sentir su cuello cerca mientras dormía, para soñar con tiempos pasados, para no despertar más cuando por fin se levante para largarse para siempre, antes de envolver sus brazos en su cintura al tiempo que tocaban su boca por última vez.
Pero un día llegó a su vida como una hoja seca en otoño, de esas que se caen desde una rama y tocan el suelo mientras se desvanecen.
Cuando el reflejo del cielo despejado en esa posa chocolate, cuando se deformó dicha imagen mientras empapaba su pie en ella.
Sintió ese olor a barro de ciudad. Y ahí estaba. Tan lejano, tan frío.
Era la justificación perfecta para enfermarse, para pisar otra posa con sus zapatillas de lona, y sentir el frio recorrer su espalda. El dolor de garganta y una voz rasposa. Un par de gotas en sus heladas mejillas, sonrosadas de frío.
Y sintió el viento, y el movimiento de su cabello.
Y lo vio allí parado, sin decir nada, casi riendo de su desgracia.
Pero no importaba. Ahí estaba. Con una extraña mueca. Y ella era feliz de verlo reír.
1.- Confundir dormir con llorar. Acostarse en una cama es terrible porque se vuelve inevitable cerrar los ojos y comenzar a emanar lágrimas. Una tras otra.
2.- Pérdida de apetito. Como si con ello se fuera a acabar más rápido el día… acabar más rápido la vida.
3.- Deseos de no hacer nada. De que el día pase… y pase…
4.- Anhelar cada segundo que este ahí. Que sea como siempre tuvo que ser.
5.- Dolor crónico que quema por dentro.
Advertencia: Nadie lo soporta dos veces. Si es que su cuerpo no se suicida. Su alama se quebrará y no quedará más que una persona vacía.
Diagnostico: 1, 2, 3, 4, 5…
Recordaba cuando la miraba como si fuera el único ser sobre la tierra.
Como si nadie más existiera, como si el mundo desapareciera.
Esos días donde si importaba hacerla feliz. Cuando verla le llenaba el corazón de alegría. Y cuando deseaba con ansias hacer todo bien.
Ahora ni siquiera vale el esfuerzo.
Se volvió algo tan insignificante que ni siquiera le hace bien estar a su lado. Ya no es esa hermosa flor en primavera. Se volvió marchita y toxica.
Una flor de la cual el no quiere sacar su semilla para que vuelva a crecer.
Es que siente que ya ni la ama. Que ya no la quiere.
Porque ya no le quedan pétalos que regalar. Porque ahora no es más que un tallo seco.
Un tallo que perdió su mirada de amor.
Porque duele oírte repetir una vez más la misma promesa.
Duele tanto darse cuenta que una vez más se siembra una nueva ilusión que terminará quebrada en donde nadie jamás la recordará.
Amigo, es hora de comenzar a despedirse. Tan sólo hay que decir adiós en silencio, y con una sonrisa en el rostro alzar la mano al viento. Sabemos muy bien que los recuerdos no se irán jamás de nuestros corazones, y que aunque de nuestras memorias se borren un poco (o quizás mucho), tenemos la certeza de que cada día que pasamos juntos nos sirvió para algo. Para aprender a reír, a llorar. Para saber respetar. Hay que levantar la vista al cielo y seguir adelante. Alcanzar esa nube de color que tanto nos espera, y surcar así cada uno su propio camino.
Es asqueroso. Repugnante. Tanto que debería vomitarlo. Botarlo. Es amargo. Es veneno que rompe y destroza. Y su frasco se pierde a cada rato, y se pierde aún más. Pero tan lento que ni siquiera podrías notarlo. Su aroma desaparece sin que puedas volver atrás para rescatarlo. Porque se irá. Ó ya se fue. Quizás te mira para que hagas algo, pero no harás nada si no habla. Y no hablará, ya no puede hablar. Y no harás nada. Y se desvanecerá. Cuando comience a olvidarte, verás que ya no está contigo. Cuando se convenza de que te rendiste. Que no iras más allá del principio. Que no volverás a tomar su mano para seguir. Porque ya no te la extenderá. Porque para ti no vale lo suficiente como para luchar. Importa simplemente cuanto estás dispuesto a gastar. Pero no gastas nada. No das una gota para salvar ¿Sentirás un poco que ya no está?
No hay autorización para nada, no hay derecho para amar. Tampoco lo hay para no hacerlo. No se puede llorar, pero sonreír mucho también está mal. Ni como esclavo ni como dueño funciona, porque cualquier movimiento será un error. Dirigido o no será una espada atravesada, un grito y un suspiro traerán atado al miedo nuevamente. No hay que hacer nada, y hay que hacer todo. Aunque ante la confusión sería mejor evaporarse eternamente. Pero quizás eso tampoco sería lo correcto.
Se desvanece en el aire lo que solían ser tú figura. Desaparece.
Sólo queda convencerse de lo que nunca fue; abrir los ojos ante lo real que nunca se quiso ver.
Las palabras disfrazadas, los falsos sentimientos. Las verdades espantadas, inexistentes remordimientos.
Se vuelve cada vez más doloroso, cada vez más tortuoso. Hay que aceptar que nunca se sabrá cuando es real, nunca notará su sinceridad.
No son más que malos actores.
Se quebró de nuevo, pero me temo que está vez no podré recoger cada una de las piezas como solía hacerlo. Se ha roto tantas veces de la misma manera que tuve que atarme las manos para no herirlas más de lo que están.
Siempre que ese hermoso cristal se despedazaba en el suelo, yo corría y rescataba cada una de esas partes para armarlo y mantener viva la esperanza de que podría conservarlo vivo por la eternidad.
Lamentablemente ahora está molido, y no puedo hacer nada más que ver como se lo lleva el viento. Lo reconstruiría una vez más si pudiera, lo juro, aún sabiendo que no debería. Como todas las veces que lo he hecho hasta ahora. Pero no puedo.
No sirve de nada romperme las manos y volver a armar algo que se volverá a destrozar. No sirve de nada soñar con que no volverá a suceder. Y aunque no sirviera de nada, seguiría ahí, por terquedad, juntando vidrios que cortaran la piel eternamente, con la ilusión de que algún día decidan no matarme más, y revivirme como yo siempre lo he hecho con ellos. Pero… pero no puedo.
Me convertiré es fría escarcha. Tan fina como la que aparece en el pasto cada madrugada. Brillare unos segundos con el sol de la mañana, y me iré flotando en gélidas lagrimas que beberá quien las bote para obtener un poco de mi vida.
Dame un minuto, sólo necesito sesenta segundos para conocerte. Treinta segundos, medio minuto sólo para mirarte, para sonreírte, para ver mis ojos reflejados en los tuyos. Son veinte para abrazarte, para grabar tu calor en mis brazos, para dejar tu olor en mis manos. Nueve segundos me bastan para cerrar los ojos y sentirte, y quizás en el último momento acerque mis labios a los tuyos para dar un casi beso que baile con un suspiro en el aire, y se aleje de ti con tu respiración.
La cursilería del minuto, fuffea conmigo xD
Es la imposible ambición de esperar a mejorar permanentemente. Es la falsa ilusión de ser diferente. Estoy rogando por un poco de tu atención, no quiero quererla. Es el deseo de que se cumplan las metas, de pintar de los colores que había en los ojos. Es la obsesión que pretende cambiar realidad por espejismo, sueños que nunca fueron, vivencias de mentira. El juego debería ser verdad. Actuar una última vez para que quedar con la idea de que no fue error, de que si se puede ver bien con amor.
Porque para nosotros los besos prohibidos saben mejor; gastaremos poco a poco lo que nos queda de amor para poder estar juntos un rato más, sin suspiros perdidos, sin los labios partidos.
Por qué para nosotros mirarnos de lejos es peor; arrojaremos al viento polvo de espejos para mostrar nuestro reflejo, con los ojos nublados, con abrazos cortados.
– Tengo que admitir que nunca pensé realmente en tu bienestar. Está bien, siempre pregunté, y supongo que si me interesaba saber de ti, pero si combaten tu vulnerabilidad frente a mis deseos, no se me ocurriría pensar en ti, no porque no quiera, si no porque ante esa situación tu desapareces. Tu sangre me da vida, y yo me la bebería toda si es necesario. Lo que no entiendo es porque me la regalas –dijo- ¿No te interesa perder tu esencia para dármela a mi?
La quedé mirando, al parecer nunca sería capaz de entender, y yo no podría explicárselo jamás – Yo te daría el mundo entero, dejo mi vida a tu disposición –le respondí- Podremos medir cuanto me amas cuando por tu cuenta puedas dejar de respirar mi alma.
– Realmente te amo, no es necesario esperar tu forma de cuantificarlo.
– ¿Por qué entonces continuas lanzado letras que te hacen sentir bien a ti, pero que me quitan el aire que necesito?